El atleta más atleta del mundo



Este es el cuento que ha escrito Ibón L., alumno de 6º del C.P. Cardenal Ilundain de Pamplona. Se titula “El atleta más atleta del mundo“:

El atleta más deportista del mundo era simplemente en 2 palabras: el mejor, en todo aquello que hacía. Practicaba muchos tipos de deportes, desde fútbol y baloncesto hasta bailar, pero no solo le gustaba el deporte, sino que también le gustaba estudiar. Estaba en bachillerato en el instituto más grande de Madrid, en el que también practicaba música, donde les hacían cantar.
Se llamaba Ángel y más que en un instituto estaba en un centro de alto rendimiento. Era un aficionado al fútbol, al baloncesto y al baile. Siempre estaba con un balón en los pies o en las manos. Le gustaba ese centro, pero echaba de menos a su papá y a su mamá. En su casa estaba además de sus padres, su mascota, su hámster Rodrigo y su perro Sorchi, al que tanto cariño le tenía. Curiosamente su caseta tenía forma de iglú. Pero no solo les echaba de menos a ellos, sino también al ordenador, a sus amigos, a la televisión e incluso a los deberes.
Un día tenía que jugar un partido de baloncesto y allí estaba puntual a las 11:30 de la mañana, donde le estaban esperando su padre y su madre y sus amigos: una gran sorpresa. Con mucha mala suerte le dieron un codazo en el cuello y le rompieron el esternocleidomastoideo. Se retorcía por el suelo bruscamente, su madre se puso las gafas para verle mejor y enseguida fue a ver qué le pasaba. Le llevó un poco de agua para que se recuperase, pero no, estaba muy mal y se lo llevaron al hospital. Él había dejado de ver el sol, la lesión le había apartado del deporte 2 meses, aunque por dentro del corazón seguía sintiendo felicidad, paz, alegría… Ya podía dormir sin tener que madrugar, leer sin prisa y contemplar el paisaje y el arcoíris siempre que quisiera. Cada día que iba al hospital a la rehabilitación miraba el reloj para ver cuánto quedaba para que el día pasase. Se le hacía eterno. Su recuperación era muy dura, todos los días esfuerzo, pero él en el fondo quería, quería seguir adelante y que se pasase cuanto antes. Todas las tardes iba al mar o a la piscina para relajarse del esfuerzo de todo el día.
Se lo llevaron de vacaciones en un buen coche azul para que estuviese cómodo y conociese lo qué es diversión. Se lo habían llevado a Cuenca ya que estaba cerca de Madrid, un lugar donde hay bastante naturaleza. Un día salió al campo, veía muchas cosas, veía volar mariposas, veía muchas flores, pero hubo una flor que le llamó mucho la atención, era de color verde: el color de la esperanza. Allí también encontró el amor y volvió a tener amistad con la gente de allí. Le daba pena pero se tenía que ir porque tenía que volver a su colegio donde le esperaba su estuche, su libro, y volver a su tierra donde su madre le esperaba en casa. Pero de otro modo, también quería volver a su rutina diaria con sus amigos de siempre. Cuando llegó de vuelta después de haber salido de la lesión, sus amigos del centro le hicieron una fiesta con patatas fritas, galletas y pizza…, y al final unos cuantos juegos.
Al cabo de un par de semanas Ángel volvió al mundo de la competición y lo hizo tan bien y con tantas ganas que fue a los juegos olímpicos, y con ganas valentía y destreza consiguió sacar el oro olímpico, su gran sueño de toda la vida.