¡Ooh socorro! El primer día de colegio



Los niños y niñas del Colegio Público Cardenal Ilundain de Pamplona no se han limitado a proponer las palabras que sustentan el proyecto “Imagina cuántas palabras”, sino que también se han atrevido a escribir cuentos con ellas. A partir de hoy publicaremos en el blog varios de ellos y después de un cuidadoso proceso de selección incluiremos uno de ellos en el libro, junto a los escritos del resto de autores.
Aquí va el primero: se titula “¡Ooh socorro! El primer día de colegio“, y está escrito por Aitana Rudi y Sara Afonso, de 6ºC.

Este iba a ser el primer día de colegio, y parecía que no iba a terminar nunca. Casi que no lo consigo. ¡Por fin se habían terminado las vacaciones, tenía unas ganas!
¡Oh, perdón! Me llamo Adam Howard, futuro alumno del colegio “Undercuse” de Michigan. Mi madre me ha obligado a apuntarme a un equipo de fútbol. Y aquí mi peor día de colegio.
Ni siquiera ha empezado el colegio y ya tengo pesadillas, como siempre ni papá ni mamá están en casa; o están trabajando o intentan evitar mi primer día de cole. Después de haber desayunado y haber jugado un poco a fútbol, o mejor dicho a futbolín, me duché y preparé para ir al autobús. Cuando el autobús llegaba me di cuenta de que tenía una zapatilla de cada color y tuve que ir corriendo a mi casa. Cuando ya por fin pensé que el tormento había pasado, el autobús se había marchado y tuve que ir corriendo al colegio y pasando por ahí vi una ambulancia con un cartel que ponía: “Simulacro: rotura de esternocleidomastoideo”. No necesitaba gafas para ver que ya llegaba tarde, mi reloj marcaba las 8:55, mi corazón latía a mil por hora, necesitaba un vaso de agua, no tenía ni ganas de leer ni trabajar, tenía muchas ganas de dormir y ya tenía alucinaciones, tantas que vi a una mariposa bailar de flor en flor. 8:57 marcaba mi reloj.
¡Oh, no! ¡Ya no sabía dónde ir! No distinguía la ficción de la realidad. Cuando de repente me choqué contra un edificio grande y oscuro, sin canchas de baloncesto, ni porterías de futbol, ese debía ser mi colegio.
Ahí no podía haber ni diversión, ni paisajes, ni alegría. Solo había un simple iglú. Ese debía ser el trabajo de tercero o cuarto de primaria, estaba muy bien hecho, al otro lado se veían niños de todos los cursos disfrutando de un trabajo muy bien hecho que habían hecho: un parque de naturaleza, incluido un arcoíris. También había muchas flores alrededor de una casa con piscina. Me había distraido al mirar y al reloj 8:59 ya llegaba casi tarde, fui corriendo por el pasillo intentando disfrutar mientras veía mi colegio, pasé por bachillerato, vi una sección de la paz, que por cierto el signo de la paz que pusieron era un azul mar y también estaba el tono marrón playa, el aula de música, también vi una cocina y olía a pizza Mmmmm ¿Tendremos esto para comer? No tenía tiempo para pensar en eso, tenía que llegar al aula azul 123, llegué, llegué a las 8:00 en punto a mi clase, uff mi corazón se tranquilizó, todos mis supuestos “amigos” estaban allá. ¡¡¡Nos repartimos un mini ordenador por pareja!!! Supuestamente nos tocó el mejor, claro que al encenderlo no iba ni para atrás. Todos me echaron la culpa a mí, se veía venir porque yo era el nuevo. A última hora tuve educación física, nos hicieron inventarnos unos juegos, yo ya iba por el quinto y no servía ninguno, cuando de repente se me ocurrió… escribir un libro. Yo ya sabía que no me iba a servir de nada, así que escribí un libro, el libro del sol hasta que se me pasó el día volando. Llegué a casa agotado, me quité los zapatos, me puse el pijama, cogí el estuche y me puse a hacer los deberes, cené mi sándwich y me puse a cantar mi canción favorita mientras me duchaba, vi la peli del “Coche fantástico” un rollazo por cierto.
Luego hice zapin en la televisión, y solo había canales de amor, amistad y cariño, vamos, cursilerías. Me puse a jugar al balón y cuando llegaron mis padres me entró una felicidad en el cuerpo, tanta que necesitaba contárselo a alguien.

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