Miguel Ángel Mala


Miguel Ángel Mala (Madrid, 1976) se licenció en Administración y Dirección de Empresas, pero más adelante su vocación por la literatura lo llevó a estudiar Filología Hispánica. Tras practicar diversas facetas artísticas −entre otras, formó parte del grupo de rock The puppets y filmó un cortometraje en blanco y negro, La ley de Murphy− se ha dedicado de lleno al cultivo de la literatura.
Hasta la fecha, ha publicado La cruz de barro (EDAF, 2006), a medio camino entre el libro de cuentos y la novela, y ha sido galardonado con multitud de certámenes de relato y el accésit del premio Cajamadrid 2007 por la novela Lady Mermelada. En 2008 recibió el premio especial Tiflos para escritores con discapacidad visual por el libro de cuentos Química inorgánica. Su novela Morir de libros ha obtenido el XIII Premio Tiflos de Novela de la ONCE.
En la actualidad, con residencia en Guadalajara, trabaja como profesor en el Instituto Antonio Machado de Alcalá de Henares (Madrid).

Miguel Ángel participa en “Imagina cuántas palabras” con el relato “CHURRUGURUBÍ“. Este es un extracto:

(…)

      Porque, según había entendido Marco, para las mujeres las palabras eran algo así como el sol para una planta: no podían pasar sin ellas. Él se conocía bien, y sabía que era capaz de cosas que los demás no alcanzarían siquiera a imaginar. Una vez, por ejemplo, había hipnotizado a un chico de bachillerato. El otro era un grandullón de conducta abusiva que gozaba dando collejas a los más pequeños del cole. Se colocaba a la puerta y repartía collejas a diestro y siniestro como si fueran caramelos. Él mismo recibió muchas veces aquel desagradable regalo, hasta que un día vio un documental en el que un mago enseñaba a hipnotizar con una moneda.
      Practicó frente al espejo durante una semana, moviendo la moneda entre los dedos y diciendo con la voz más grave que podía: mira esta moneda, mira esta moneda, mira cómo brilla esta moneda… Hipnotizó a su hermana pequeña. Hipnotizó al perro. Hipnotizó a la vecina del sexto y entonces se encontró preparado. En el colegio, cuando el grandullón quiso aplicarle su colleja preceptiva, Marco sacó la moneda y la hizo girar entre los dedos, de modo que el reflejo del sol le diera en los ojos y el grandullón se quedó mirando a la moneda. Frente a los demás niños, le hizo andar en cuclillas, ladrar como un perro rabioso y arrastrarse como un gusano.

(…)

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