Vicente Muñoz Álvarez



Vicente Muñoz Álvarez es narrador, editor y poeta.
Ha publicado poemarios: Canciones de la gran deriva, 38 Poemash, Privado, Estación del frío, Parnaso en llamas, Animales perdidos. Relatos y novela: Monstruos y Prodigios (Premio Letras Jóvenes Castilla- León, 1995), El pueblo oscuro, Perro de la lluvia, Los que vienen detrás, El merodeador, Marginales, Mi vida en la penumbra. Y ensayo: El tiempo de los asesinos, Cult Movies: Películas para llevarse al Infierno.

Ha coordinado las antologías: Golpes, con Eloy Fernández Porta, Tripulantes, con David González, Resaca/Hankover, con Patxi Irurzun, 23 Pandoras, y Beatitud, con Ignacio Escuín.

Ha sido incluido en numerosas antologías de poesía y prosa contemporánea.

Edita el fanzine Vinalia Trippers.

Este es su blog personal: Mi vida en la penumbra

Vicente participa en “Imagina cuántas palabras” con el poema “ARTE DE LA ENSOÑACIÓN“. Aquí va un extracto del mismo:

(…)

Y pienso también, para evitar la melancolía,
en palabras sin sentido que llegan a borbotones a mi cabeza,
gafas, iglú, ordenador, relincho, escapada,
bachillerato, esternocleidomastoideo, pura vida,
naranjas, promesas y revelación…

Mientras día tras día, tienda tras tienda, cliente a cliente
voy cubriendo la ruta, con la furgoneta llena de maletas
de muestras de zapatos de un solo pie conduciendo por la carretera,
visitando ciudades y pueblos, ganándome el pan
e intentando apaciguar la nostalgia de mi casa y mi otra vida,
la de la poesía, la del sosiego y la de la ensoñación…

(…)

Juan y el libro para niños



Este es el cuento escrito por Andrea Blanco. Se titula “Juan y el libro para niños“.


Hace tiempo, existía un niño de 7 años al que le encantaba leer cuentos de aventuras y de monstruos. Él se imaginaba que era el protagonista y que mataba a los malos y salvaba a la gente que estaba en apuros. Bueno, este niño era rubio con ojos azules, y aunque se llamaba Juan él quería que le llamaran como se llamaban los personajes de sus libros.

Un día Juan se despertó con el ruido de los pajarillos de la calle, miró por la ventana, abrió los ojos y vio el cielo azul con un sol radiante, sonrió y fue corriendo a la cocina, ahí estaba su madre esperándole.

– ¿Qué te parecería ir a la biblioteca paras coger un libro e irnos a la playa a pasar el día? – dijo la madre.
– ¡Sí! – dijo Juan

Juan desayunó, se vistió y bajo a la cocina, ahí estaba su madre preparando las cosas para ir a la playa. Las 11 de la mañana. Juan cogió su carnet de la biblioteca, salió de casa y se montó en el coche. Media hora después llegaron a la biblioteca. Juan salió del coche, entró en la biblioteca, miles de libros estaban a su alrededor. Mientras iba a la sección de niños un libro cayó desde una de las estanterías. En la portada ponía: “Cuentos para Niños”. Juan lo cogió y fue donde su madre. Volvieron a montarse en el coche y siguieron con el viaje. Juan no quería empezar a leer su cuento hasta llegar a la playa, así que se durmió. Una hora y media después los dos se bajaron del coche y vieron el hermoso paisaje. Mariposas, flores, pájaros y miles de cosas más había alrededor de la playa, pero cuando mirabas hacia el agua azul en el mar, con un arcoíris en medio, era verdadera felicidad para la madre ver que la naturaleza estaba tan bien protegida ya que era jardinera.

Bajaron donde había arena, eran los únicos en la playa, así que se pusieron en un trozo de la playa y empezaron a jugar a volley ball con el balón hinchable. Su madre, que tenía mucho amor hacia su hijo, le dejaba ganar para que no se enfadara, eran las vacaciones perfectas para su madre, aunque no se las podía permitir porque el papá de Juan se murió en un accidente y la madre es la única que trabaja. Juan se había aburrido ya de estar por la playa jugando a juegos, recoger flores…, así que era hora de su mayor diversión: ¡leer cuentos!

Juan fue a la sombrilla mientras su madre le dijo:

– Yo voy a nadar un poco en el mar.

Juan abrió el libro y empezó a leer, justamente el personaje principal se llamaba igual que él, Juan. Ahora sí que tenía ganas de leerlo. Tras unos minutos leyendo se dio cuenta de que el libro estaba contando justamente su vida: cuando se rompió el esternocleidomastoideo jugando a baloncesto con sus amigos; y también cuando tenía que hacer los deberes con el ordenador porque no tenía un estuche en clase y nadie le dejaba un lápiz.

Miró el reloj y solo había pasado media hora, y como su madre estaba tomando el sol, casi durmiéndose con la brisa del mar, continúo leyendo su vida. Había cosas que recordaba pero otras que no, así que estaba muy contento.

De repente vio un capítulo en el que él tenía 4 años y estaban su padre y su madre viendo la tele, cuando de repente salió una música muy pegadiza, y él empezó a bailar y cantar con todo su corazón. Estaban todos llenos de alegría en aquel momento y Juan estaba contento de poder ver a su padre dibujado. Siguió leyendo y vio la primera vez que iba a una piscina para mayores, llevaba unas gafas redonditas y muy monas. En el cuento ponía cómo se imaginaba Juan lo que era una piscina de mayores; él pensaba que era un iglú, lleno de perros y hámsters y que todos tenían una bonita amistad y se tenían mucho cariño, y también que estaban todos en paz, aunque esto era muy falso.

Juan pasó de página y había hojas blancas en las que ponía:

– Quédate con este libro y cuando vayas al colegio y a bachillerato, escribe tú la historia y también cuando hagas otras cosas como comer pizza o jugar al futbol, cualquier cosa, así cuando de mayor lo leas te acordarás de tu bonita infancia.

Pues Juan acabó el libro y volvieron a casa, estaba muy feliz del libro que había encontrado en la biblioteca y no se lo pidieron para que lo devolviera. Desde entonces Juan escribe en el cuento todo lo que le pasa cada día, y así lo hará siempre.

Café Niza y diversión



El Café Niza de Pamplona es el padrino de la palabra diversión.

El Café Niza es un  establecimiento histórico habilitado en el edificio del Teatro Gayarre. Se trata de un negocio integral de hostelería que se transforma según horarios y necesidades del día: desayunos a partir de las 8 h. de la mañana, pintxos, comidas, cenas…., y bar de copas. El local está situado en un lugar estratégico, en la C/ Duque de Ahumada, 5., al lado de la Plaza del Castillo y de la Plaza de Toros, por lo que recibe un público variado, pero su vocación es desenfadada y joven.

¡Muchas gracias al Café Niza por apadrinar diversión, una de las palabras más repetidas por los alumnos de “Imagina cuántas palabras”! Y es que al final lo que cuenta es divertirse.

¡Ooh socorro! El primer día de colegio



Los niños y niñas del Colegio Público Cardenal Ilundain de Pamplona no se han limitado a proponer las palabras que sustentan el proyecto “Imagina cuántas palabras”, sino que también se han atrevido a escribir cuentos con ellas. A partir de hoy publicaremos en el blog varios de ellos y después de un cuidadoso proceso de selección incluiremos uno de ellos en el libro, junto a los escritos del resto de autores.
Aquí va el primero: se titula “¡Ooh socorro! El primer día de colegio“, y está escrito por Aitana Rudi y Sara Afonso, de 6ºC.

Este iba a ser el primer día de colegio, y parecía que no iba a terminar nunca. Casi que no lo consigo. ¡Por fin se habían terminado las vacaciones, tenía unas ganas!
¡Oh, perdón! Me llamo Adam Howard, futuro alumno del colegio “Undercuse” de Michigan. Mi madre me ha obligado a apuntarme a un equipo de fútbol. Y aquí mi peor día de colegio.
Ni siquiera ha empezado el colegio y ya tengo pesadillas, como siempre ni papá ni mamá están en casa; o están trabajando o intentan evitar mi primer día de cole. Después de haber desayunado y haber jugado un poco a fútbol, o mejor dicho a futbolín, me duché y preparé para ir al autobús. Cuando el autobús llegaba me di cuenta de que tenía una zapatilla de cada color y tuve que ir corriendo a mi casa. Cuando ya por fin pensé que el tormento había pasado, el autobús se había marchado y tuve que ir corriendo al colegio y pasando por ahí vi una ambulancia con un cartel que ponía: “Simulacro: rotura de esternocleidomastoideo”. No necesitaba gafas para ver que ya llegaba tarde, mi reloj marcaba las 8:55, mi corazón latía a mil por hora, necesitaba un vaso de agua, no tenía ni ganas de leer ni trabajar, tenía muchas ganas de dormir y ya tenía alucinaciones, tantas que vi a una mariposa bailar de flor en flor. 8:57 marcaba mi reloj.
¡Oh, no! ¡Ya no sabía dónde ir! No distinguía la ficción de la realidad. Cuando de repente me choqué contra un edificio grande y oscuro, sin canchas de baloncesto, ni porterías de futbol, ese debía ser mi colegio.
Ahí no podía haber ni diversión, ni paisajes, ni alegría. Solo había un simple iglú. Ese debía ser el trabajo de tercero o cuarto de primaria, estaba muy bien hecho, al otro lado se veían niños de todos los cursos disfrutando de un trabajo muy bien hecho que habían hecho: un parque de naturaleza, incluido un arcoíris. También había muchas flores alrededor de una casa con piscina. Me había distraido al mirar y al reloj 8:59 ya llegaba casi tarde, fui corriendo por el pasillo intentando disfrutar mientras veía mi colegio, pasé por bachillerato, vi una sección de la paz, que por cierto el signo de la paz que pusieron era un azul mar y también estaba el tono marrón playa, el aula de música, también vi una cocina y olía a pizza Mmmmm ¿Tendremos esto para comer? No tenía tiempo para pensar en eso, tenía que llegar al aula azul 123, llegué, llegué a las 8:00 en punto a mi clase, uff mi corazón se tranquilizó, todos mis supuestos “amigos” estaban allá. ¡¡¡Nos repartimos un mini ordenador por pareja!!! Supuestamente nos tocó el mejor, claro que al encenderlo no iba ni para atrás. Todos me echaron la culpa a mí, se veía venir porque yo era el nuevo. A última hora tuve educación física, nos hicieron inventarnos unos juegos, yo ya iba por el quinto y no servía ninguno, cuando de repente se me ocurrió… escribir un libro. Yo ya sabía que no me iba a servir de nada, así que escribí un libro, el libro del sol hasta que se me pasó el día volando. Llegué a casa agotado, me quité los zapatos, me puse el pijama, cogí el estuche y me puse a hacer los deberes, cené mi sándwich y me puse a cantar mi canción favorita mientras me duchaba, vi la peli del “Coche fantástico” un rollazo por cierto.
Luego hice zapin en la televisión, y solo había canales de amor, amistad y cariño, vamos, cursilerías. Me puse a jugar al balón y cuando llegaron mis padres me entró una felicidad en el cuerpo, tanta que necesitaba contárselo a alguien.

Hotel Yoldi y dormir



El Hotel Yoldi de Pamplona apadrina otra de las cincuenta palabras: dormir.
El Hotel Yoldi es uno de los hoteles clásicos de Pamplona. Está situado en la Avenida de San Ignacio, y se han alojado en él numerosas personalidades. En los años 50 del pasado siglo se consolidó como el hotel preferido por los toreros durante las fiestas de San Fermín, favorecido por la tranquilidad y por la cercanía al coso taurino.
Sus responsables no han dudado en hacerse cargo de dormir, una de las cincuenta palabras de “Imagina cuántas palabras” y que sin duda tiene mucho que ver con lo que el hotel ofrece a sus huéspedes.
¡Muchas gracias al Hotel Yoldi por apadrinar dormir!

Pincelada y azul



Con esta entrada abrimos una nueva forma de relación con el libro y con el proyecto que consiste en el apadrinamiento de palabras. La primera palabra apadrinada ha sido azul, y quienes se han hecho cargo de ella han sido los amigos de Pincelada de Pamplona.
Pincelada es una empresa con casi 30 años de trayectoria en el ámbito artístico. Comercializan material de bellas artes y ofrecen soluciones en el montaje de exposiciones, transporte de obras de arte, embalaje, almacenaje, conservación, restauración, diseño y ejecución de estructuras especializadas para la conservación de bienes culturales.
Tienen tienda en la C/ Mayor, 27 de Pamplona y los talleres en Burlada (Navarra), en la C/ Basilio Armendáriz, 9.

¡Muchas gracias a Pincelada por hacerse cargo de azul, esa preciosa palabra que ha sido el color más repetido por los alumnos de “Imagina cuántas palabras”!

Antonio Crespo Massieu



Antonio Crespo Massieu nació en Madrid en 1951.
Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa.
Desde 1997 es responsable de las páginas literarias de la revista Viento Sur, de cuya Redacción forma parte.

Junto con Pedro Hilario, Roberto Bravo y Fernando Cañamares es coautor de la antología comentada Una mano tomó la otra. Poemas para construir sueños (Comunidad de Madrid, 2002).

Ha publicado el libro de relatos El peluquero de Dios (Bartleby Editores, Madrid, 2009) y los poemarios: En este lugar (Fundación Kutxa, Donostia- San Sebastián, 2004) que obtuvo el “Premio de Poesía Kutxa Ciudad de Irún” en su XXXV edición, Orilla del tiempo (Germania, Valencia, 2005) y Elegía en Portbou (Bartleby Editores, Madrid, 2011).

Autor de trabajos de investigación y de creación literaria que han aparecido en revistas como Anthropos, Revista da Faculdade de Letras-Universidade de Lisboa, Asparkía, La ortiga, Dossiers feministes, Diálogo de la lengua, El cielo de Salamanca, Riff-Raff, Cuadernos del matemático, cbn, situaciones, Viento Sur.

Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías y libros colectivos.

Antonio participa en “Imagina cuántas palabras” con “Lo que nos salva del frío“, dedicado a Pablo Lizcano y precedido por esta cita de C.K. Williams: “Esa cosa tan sorprendente que ocurre cuando clavas un punzón en un bloque de hielo”.
Este es un extracto:

(…)

Lo que el tiempo deja.

¿Hay una pertenencia, un refugio, una casa?
¿Un estuche, una piscina compartida, un iglú para vivir en el frío?
¿Hay palabras que digan la infancia?

Hay una cancha de baloncesto, una red rota, hay un abandono de cemento y ausencia.

¿Acaso hay un nombrar que restituya?

Puedes decir: mamá, papá, amigos… Y sabes que no están. Decir: playa, diversión, cariño, felicidad… Y nada recompone. Mas persistes en el engaño. Por si algo regresa del hielo. Y los finos cristales de la memoria traspasan el tiempo.

(…)

Está en la naturaleza de las cosas el olvido. Y está la herida. La palabra que nada restituye pero calienta el iglú de la memoria. Arrimamos las manos para ver nuestras sombras reflejadas en el hielo.

Ahora el frío. Decimos palabras absurdas, equivocadas. Amistad por olvido, grito por silencio, jengibre por cama de hospital, fidelidad por abandono.

Un perro esquimal, un iglú para no morir del todo. Las primeras gafas, los libros, las canciones. Apenas cristales, agujas frías y torpes de la memoria, instantes fugaces. Y una forma perfecta que ya nada recompone.

Lo que nos salva del frío.

Lo que el tiempo deja.

(…)